Opinión

TUXPAN, EL EPICENTRO DE LA DESGRACIA

Jesús Labrador

Salir de esta crisis no será fácil, porque el río arrastró toneladas de sedimentos sobre el suelo de Tuxpan, y avanzar es más pesado cuando a cada paso los pies son abrazados por la pesadumbre del lodo.

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A Tuxpan llegan las camionetas llenas de palas, escobas, carretillas, enseres de limpieza y decenas de voluntarios, todos con la firme idea de qué van a limpiar casas. Llegan animosos, sonrientes, con la ropa limpia.

Algunos se enteraron de manera previa sobre la situación, leyeron en redes sociales: que no lleven despensas, que mejor comida preparada, que se necesita ropa, que muchas palas, que hay lodo en todas partes.

El primer cuadro del pueblo y algunas calles aledañas ya han sido limpiadas, el resto no.

Para encontrar el desastre basta con adentrarse en las colonias de las orillas, avanzar en las camionetas y ver como cada familia dejó el patrimonio de mucho años afuera de su casa, todo está mojado, inservible y sobre una montaña de lodo. Esperan ahí a que pase una máquina y lo suba todo a un camión de carga para llevarlo a tirar.

Nadie le llora a las cosas, o de momento están muy ocupados para expresar su duelo. Ya después tendrán tiempo de llorarles, meses, cuando la ayuda deje de llegar y la solidaridad efervescente se olvide de ellos.

Pareciera que las familias siguieron el mismo patrón al limpiar sus casas: sacaron parte del lodo y después amontonaron sobre él los sillones, muebles, refrigeradores, colchones.

También sacaron la fe y la historia de sus familias: hay cuadros de la virgen y los santos afuera de las casas, también fotografías de los hijos, los abuelos, los quinceaños… todos con una línea de lodo que los parte por la mitad, es la huella del nivel del agua. Esos retratos esperan también a la pachara que los montará en la góndola, y se los llevará a quién sabe dónde. Previo a esto, el río ya se llevó lo que era valioso, ahora sólo quedan cascajos.

Las familias no se ven afligidas, se quejan poco. Son como un hormiguero buscando su reconstrucción. Entran y salen de sus casas, con cubetas, con ropa enlodada, con muebles, entran y salen de sus casa, descansan a ratos.

Los visitantes, los voluntarios, los brigadistas, llegan con el morbo natural, buscan con los ojos por todos lados, se sorprenden de ver la línea pintada que dejó el agua con lodo en las casas, repiten una y otra vez -¡mira, hasta aquí les llegó el agua!, ¡mira acá, en esta subió más alto!-.

Entre los recién llegados hay jovencitos de preparatoria y universidad, de esos de quien se pensaría que no son capaces de levantar ni un balde. Sorprende verlos entre los más aguerridos. No se cansan, hay voluntad.

A ese ejército de personas, que antes dijimos simulan el trabajo de las hormigas se les suman los que vienen con ganas de ayudar, los voluntarios.

Todos vienen y le rascan al piso, con la esperanza de acabar con el lodo, llegan con la idea de hacer equipos de tres para limpiar una casa y luego brincar a otra y limpiar tantas como les sean posibles, pero la pasta podrida que se riega por el piso es más fuerte. Pasarán semanas antes de que las manos y las palas le ganen la batalla.

Entre paleada y paleada las conversaciones se van dando, -¿cuánto tiempo tardó en llegar el agua hasta aquí?- dicen los visitantes -desde que empezó a verse, tardó dos horas en llegar al techo-, responde el casero, los visitantes muestran asombro, toman la pala, doblan la cintura y siguen trabajando.

Algunas familias siguen viviendo en las azoteas, hace cinco días que se fue el río pero aún no hay suelo firme. Todo es lodo.

Aquí la ayuda no ha fluido como en otros casos, las autoridades federales están en otros temas, la construcción del aeropuerto, el cambio de gobierno, la invitación de Nicolás Maduro a la toma de protesta del nuevo presidente, los migrantes hondureños. reteniendo los recursos del FONDEN, que quizá se robaron, como ya se van del poder, o que tal vez se acabaron en los sismos.

El caso es que a esta tragedia, además le tocó ser desgraciada, porque nadie la voltea a ver. No ha venido el presidente.

-Este colchón no es de nosotros, el agua lo trajo y lo dejó arriba del techo- dicen unas personas que intentan mover un pesado y enlodado bulto que está frente a la entrada de su casa -lo alcanzamos a bajar cuando todavía había agua, lo deslizamos poquito y hasta aquí lo arrastró la corriente, aquí lo dejó tirado-.

Algunos tuxpeños fueron astutos y alcanzaron a salvar algunas cosas -Yo solté mis puercos- dice un joven que anda en sandalias, short y resaque, sabrá Dios de qué color es la ropa, toda se ve café -en cuanto empecé a ver que el agua subió les abrí la puerta y los eché a la calle, el otro día los anduve buscando y ya los encontré a todos, si los animales no son pendejos, se supieron salvar-.

No tuvo la misma suerte con su casa, esa sí se perdió toda -Mi casa está más pa’ allá, el agua las tapó todas, al rato van para que me ayuden, les voy a llamar, ya me dejó su teléfono la seño que los trajo-.

El día transcurre, la comida llega en camionetas, se paran en las equinas, basta con echar un grito y las personas empiezan a acercarse.

“Hermanos de Tuxpan, no están solos” dicen algunas cartulinas pegadas en los carros, les reparten comida en desechables, las mujeres se acercan con cazuelas en las manos, a ellas les sirven porciones grandes, deben tener familia.

-Arrímese, aquí hay birria- dice uno de los que reparte, -no, denle a ellos, yo ya tengo tortas aquí guardadas- responde una mujer desde la puerta de su casa.

Podemos decir que la mejor manera de entender una tragedia es siendo parte de ella, y hay muchos voluntarios que así lo cumplen, pues después de seis u ocho horas de trabajo, su aspecto lleno de lodo los convierte en vulnerables, no se distinguen de los locales, algunos de ellos se acercan a pedir comida, pues las tiendas no tienen nada en venta.

Se sientan en una piedra, comen junto a las demás personas, nadie les reclama alevosía, nadie les niega el alimento, después de horas de estar en el lodo, apoyando, se convierten en un damnificado más.

Se llegan las seis de la tarde y los visitantes se empiezan a retirar, la luz del día se está yendo y resulta complicado trabajar.

Algunos se lavan la ropa, otros se cambian, otros se van como están. Se suben a los carros y camionetas en que llegaron, pero antes de eso se despiden del dueño o la dueña de la casa que visitaron, quizá ni se conocen, quizá, si mañana no regresan, ya no se vuelvan a ver, pero durante ese día hicieron equipo, vacilaron, se quejaron de cansancio, comieron juntos. Entre el lodo y la pestilencia le dieron significado real a ese término tan usado: fueron hermanos.

Por horas trabajaron y en un determinado momento se dieron cuenta que, una, diez, veinte, mil paladas, no le hacían ni cosquillas a las toneladas de lodo dispersadas en el suelo.

En algún momento los visitantes se preguntaron en silencio -Por qué esta gente no se va y deja todo así, total, aquí ya nada sirven, ni las paredes-, momentos después siguieron trabajando y ya mejor no pensaron nada.

En el análisis general se dan cuenta que al final del día no hicieron gran cosa, el aspecto sigue siendo el de una zona asolada por el fango negro. A pesar de eso, se van sabiendo que contribuyeron en algo, que trabajaron, lo dice el cansancio, las ampollas, el dolor de cintura, y las palabras de agradecimiento de los caseros.

Mañana vendrán otros, tal vez, con las mismas ganas de trabajar. Llegarán a la casa afectada, la que sea, formarán parte de la familia mientras estén limpiando, mañana estarán por aquí y así sucesivamente, hasta que dejen de venir, cuando el tema sea opacado por la cotidianidad que sepulta todo, hasta las tragedias.

Antes de irse, los locales les hacen un encargo -Digan ahí en el Facebook que se ocupa ropa interior y palas, también gente que venga a trabajar-.

-Aquí todos estamos bien, el agua se llevó todo, me dejó lo que traigo puesto nomas, pero me dejó a todos mis hijos- dice un casero como última frase para despedirse de los que le ayudaron.

Y así los mandan de regreso, con los ojos rasgados y un nudo en la garganta después de escuchar esa sentencia.

Ellos, los de Tuxpan, se quedan en su pueblo, el lugar de donde son, se quedan con un nudo más grande, uno que tendrán que deshacer: reconstruir sus vidas en la zona de desastre.

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