Opinión

MI HISTORIA, TU HISTORIA, NUESTRAS HISTORIAS

#ConSentidoComundeMujer

María Esther González Aguilar

En un sistema donde al victimario se le victimiza y a la víctima se le llega a satanizar o estigmatizar; en una sociedad que es permisible con actos de corrupción y ve como natural la violencia y con una cultura donde el más “famoso” o quien ostenta el poder, el que tiene más, es el poderoso, el que tiene el control, que puede hacer y deshacer; hay historias imperdonables, que lastiman, laceran, indignan, hechos aberrantes de un humano en contra de otro humano, así de simple, sin distingo de género porque igual el blanco es una mujer, un hombre o un menor de edad. ¡Va la historia!

Era el “partido ideal, el príncipe azul”, guapo, carismático, joven, independiente, aparentemente sin problemas, muchas mujeres de su entorno, así lo conocí, acepto que no era de mi agrado, no era mi tipo, no teníamos mucho en común, en esa época vivíamos en ambientes diferentes, pero, coincidimos un momento, un día, en algún lugar. Me enamoré y no es excusa, nos pasa, emerge y predomina el sentimiento de poder superar todo incluso sin saber o querer, la violencia o adicciones.

Al enamoramiento se le cofunde con amor, en esa etapa uno no escucha, no ve, no entiende porque los cercanos se expresan mal y en automático justificas o desechas las recomendaciones o consejos. No importa si eres exitosa, segura, preparada, etc., sigues adelante, hasta que aparece la violencia que, de inicio es silenciosa, invisible, porque sin darse cuenta, te alejas de la familia, de los amigos, de tus compañeros de estudio o trabajo, no vas a reuniones, dejas de ser tu misma, te despersonalizas, el pretexto “para llevarla bien, para no tener conflictos y mantener la estabilidad de pareja…para ser feliz” ¡aja! Excusas sobraban y esa también es una forma de violencia porque atenta contra tu esencia, tu ser, tu dignidad…pero ¿qué creen? ¡no lo ves!

Las primeras evidencias de violencia física y verbal ocurrieron cuando, luego de tomar la decisión de compartir la vida, me embaracé tres veces, bebés que perdí, la culpable de los hechos siempre fui yo, en uno de esos embarazos, rodé por una escaleras de gran altura, tras la pérdida, el dolor fue físico, pero la herida más profunda fue cuando escuché la lapidaria frase “lo hiciste intencionalmente”, siguieron los más crueles insultos que como mujer escuché, se presentaron las primeras “cachetadas” que toleré, si yo lo permití…seguí…

Un día, enfurecido por una banal discusión, se volteó y con el puño cerrado golpeo mi cara, fue un solo golpe pero tan fuerte que en minutos, la parte izquierda de mi rosto, justo abajo del ojo, se inflamó tanto a tal grado que la piel parecía hecha de una muy delgada capa a punto de “reventar” si la tocaban, un color verde-morado-café era el “maquillaje” de cara…lo permití…no dije nada…médicos amigos llegaron a advertirme del peligro de perder un ojo. Visité a la familia y sin que me preguntaran, dije…“fuimos a ver un partido de béisbol y me tocó un pelotazo”…desde luego que nadie dio crédito a la versión, pero tampoco intervinieron, ni comentaron, menos actuaron.

Nació una bella niña…me decía que por ella iba a cambiar…le creí o quería creerle…siguieron los insultos, las culpas, los golpes…fue hasta que se presentó un periodo de extrema violencia que empecé a visibilizar la violencia, si increíblemente fue hasta ese momento. Un día me refugié dentro de un closet, su furia fue mayor…cuando salí, fui como un costal que utiliza un boxeador, me caí por los golpes, en el suelo pateó y pateó…pero…ocurrió que había testigos, mis dos hijas! que tal vez antes, solo escuchaban pero no veían. Ellas eran ya otras víctimas.

Seguí, nadie fuera de casa se imaginaba la situación ¿cómo? si te ven amable, fuerte, sonriente, profesionista…bah!…un día llegó a casa siendo la viva imagen de un energúmeno, en ese momento sorprendí a mi hija mayor, colocada atrás de la puerta temblando de miedo y con un cuchillo en la mano, esa escena la tengo grabada como si fuera ayer, fue la que finalmente y tras años de convivencia, me hizo tomar decisiones, me separé, dejé todo, se quedó con el patrimonio común, pero no importó. Con mis dos hijas y con tan solo tres mudas de ropa, migré al lugar donde nací, no me importo volver a empezar, decía yo “de menos cero” pero me liberé y no de él ¡de mí!

Las experiencias te marcan pero más te marca el no ver, tolerar, no darte cuenta que eres víctima de violencia. Me aislé, cambió mi actitud, siempre a la defensiva, siempre sola. Desde entonces, no necesito portar un color, o un día especial o asistir a eventos para manifestarme siempre y en todo lugar en contra de cualquier tipo de violencia.

Les digo, no es fácil dar a conocer esta historia, que puede ser la tuya, que forma parte de nuestras historias; historias que no debemos de permitir que ocurran en contra de cualquier se humano ¡Es cuanto!

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