Opinión

YA NO QUIERO MATAR

Dalia Serna

La primera vez que le vi la cara al diablo tenía apenas 14 años, había ido al río por agua y me lo topé de frente, esa también fue la primera vez que lo maté.

Se ven tantas noticias de chamaquitas que desaparecen todos los días, que salen de sus casas y ya no regresan, o de niñitas y niñitos a los que se les arrebata la inocencia, pero casi siempre el enemigo está en casa, o muy cerquita de ella. Por aquella época, habló de 1960 más o menos, los mismos abuelos o los padres violaban a las niñas y no es que la gente lo viera bien, pero se “estilaba”.

Mi hermano mayor me regaló la daga de doble filo y me enseñó a usarla, me dijo que la sacara si un día el diablo me quería agarrar. La primera vez que me atacó se disfrazó de militar, le encajé el cuchillo en la panza y no me quedó más remedio que salir huyendo, ya luego me enteré de que se había muerto, me dio mucho dolor pensar que tenía esposa e hijos, pero, él me chingaba a mí o yo a él.

Pero el muy canijo no se murió, cuando llegué a México en la huida me lo volví a encontrar en la calzada de San Antonio Abad, esta vez su disfraz era del chófer del autobús en el que me vine de la Unión. Se quiso vengar de mí agarrándome por atrás, pero yo ya lo había visto y tenía el chuchillo listo; se lo enterré en la panza me fui corriendo.

Ya no quiero matar, me dije. Pero el desgraciado diablo no me dejaba en paz, en cada calle por la que caminaba, en cada camión en el que me subía, en cada esquina ahí estaba con cara altanera, sintiéndose con derecho sobre mi cuerpo y mi vida.

Cuando lo veía así, tan arrogante, los quería matar a todos. Mi consuelo era el recuerdo de las palabras de mi madre, “quédate aquí cerquita de mí porque en la noche el pinche diablo anda en el pasillo, si te agarra grita fuerte”, me decía mientras me amarraba a su cintura para poder dormir tranquilas.

Antes serás mía que de cualquier otro, me gritaba el diablo cada vez que me veía, ahora pienso que esas golpizas que me daba era un poco para quebrarme y otro poco por no poder hacerlo.

Cuando estuve un poco más tranquila me di cuenta de que solo un hijo podría salvarme de una vez por todas de él, así que lo tuve del primero que se me puso en frente, pero otra vez me engañó, fingió ser mi marido, pero no fue más que un verdugo que entre el juego y borracheras no hacía más que repetir las golpizas que me daba de niña.

Ahora que soy vieja y que conozco su verdadera cara ya no puede engañarme, el diablo era mi padre, Pedro Rosas, eran mis amigos, era mi marido, los hombres que debieron protegerme marcaron mi destino, pero siempre hay forma de cambiar el final.

Ahora cuento esto para que las muchachitas sepan que no deben dejarse de nadie, que nadie tiene derecho sobre su cuerpo y su vida más que ellas, que se cuiden unas a las otras y que luchen, luchen.

A mi hijo le enseñé que a las mujeres se les respeta y valora. A los diablos les digo que las máscaras ya no funcionan, puede ser que nos engañen al principio, pero si me doy cuentan de que anda cerca, me lo vuelvo a chingar…

Esto que parece un cuento corto, en realidad en una historia de terror de más de 60 años, mi tía María me hizo el honor de contarme su historia para que otras mujeres no pasen por lo mismo y yo, en agradecimiento, quise usar este espacio en homenaje a una vida llena de valor y coraje.

“YA BASTA”, a todas las mujeres que, como yo, han visto alguna de las máscaras de la violencia, les digo que no estamos solas, que debemos seguir levantando la voz en cada oportunidad y exigir respeto a nuestra identidad, a nuestro cuerpo y a nuestra vida. ¡Ni una más, ni una menos!

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