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El viejo del machete.

Por Jesús Labrador.

Pasó el viejo caminando, dicen las señoras “como alma que lleva el diablo” iba rumbo abajo por la callejuela empedrada de aquel pueblo que le dicen “Barranca del Oro”, parecía que llevaba prisa, iba con la velocidad que sus pies le permitían y es que, a esa edad uno carga toda su vida en la espalda, por eso se camina más lentito, aun así, llevaba prisa. Lo perdimos de vista unos minutos desapareció en el doblés que hace la curva de la calle, donde la mirada sigue derecho y topa en la fachada de una casa vieja, de adobe, como todo lo que está en ese pueblo, que parece que uno salió de vivir en el 2000 y regresó algunos sesenta años.
Poco después apareció de nuevo el viejo, ya venía pa rriba´ igual con la misma prisa, pero el paso más lento, es que cuando uno baja avanza más ligero, pero al tomar la cuesta el cuerpo le rezonga a uno; Un poco más lento, pero con los mismos bríos, pasó por un lado de nosotros, esta vez llevaba un machete en la mano; Entendimos a dónde había ido, seguramente a buscar aquel machete que tal vez le había prestado a su nieto y el muchacho cabrón no había tenido el cuidado de regresarlo apenas lo desocupó, tal vez por eso iba enojado aquel hombre, esos viejos siempre saben dónde tienen guardadas sus cosas exactamente, yo me pregunto ¿Quién educó a esos viejos? Son industriosos a más no poder, desde que se levantan hasta que se mete el sol están trabajando, van a limpiar el coamil, arreglan el patio de la casa, remiendan una vaca, y enseñan a trabajar a los más críos de la familia.
Le ganan al sol, antes de que éste se ponga ya están trabajando, quizá por eso nos tocó ver a aquel viejo pasar hecho la mocha, muy apurado, pues ya se le había hecho tarde, y ellos lo que más detestan es sentirse inútiles, sentarse a desayunar su café y los frijoles sin antes haberse ido a trabajar para “hacer hambre”.
Algunos de estos viejos tienen hasta quince hijos, más de la mitad de ellos se fueron para el norte y allá ganan bastante dinero, esos viejos no trabajan tanto por necesidad, sino más bien para espantar a la muerte, que se lleva a los ociosos.
Desde que amanece hasta que se mete el sol, desde que les amanece la vida hasta que Dios se los lleva, ellos siempre tienen algo que hacer, Los Viejos

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