Opinión

UN RUBÍ, CINCO FRANJAS Y UNA ESTRELLA: MIS DÍAS EN CUBA

Gustavo Ferrari Wolfenson

Un 7 de julio como hoy, pero de 1977 (7/7/77) llegué a La Habana, Cuba procedente de una misión anterior en México, como Agregado Cultural y de Prensa de la Embajada Argentina ante ese país. Cargaba a mis espaldas el letrero de ser, con 23 años por cumplir y ya doctorado, el funcionario más joven en la historia de la diplomacia argentina y el más joven acreditado ante la cancillería de
Cuba. Un par de músicos en el aeropuerto me recibían al sonar de la canción “Cuba que linda es Cuba” junto al cortejo propio que todo funcionario diplomático recibe al llegar a un país extranjero: los miembros de
protocolo, sus futuros compañeros de embajada y el jefe de misión, en este caso el embajador.

Argentina había sido el primer país latinoamericano (sin contar a México que uncan se adhirió) que había roto el bloqueo comercial a Cuba impuesto por la OEA en enero de 1962. Una línea de crédito de 2 mil millones de dólares otorgada en 1974 durante el último gobierno de Juan Domingo Perón, mantenía dinámica la alicaída economía insular, que sufría aún el rezago de la famosa y malograda zafra de los 10 millones y una única dependencia comercial y financiera con la entonces Unión Soviética y los países del bloque
socialista. Argentina vendía a Cuba, cereales, material ferroviario, automotores,
maquinaria pesada, agroquímicos y a pesar de los conflictos y distanciamientos supuestamente ideológicos existentes entre los dos gobiernos, nunca la revolución cubana expresó abiertamente su condena o repudio a la junta militar argentina por su conducta en la violación permanente de los derechos humanos. Parecía que los extremos antagónicos se juntaban y esa contradicción de posiciones para nada influía en lo que en el mundo internacional se llama la “Real Politike” donde los intereses económicos pueden
más que los enfrentamientos ideológicos y dogmáticos.
La consigna con la que llegaba no era fácil, había que armonizar las relaciones entre un país gobernado por una junta militar autoritaria y un régimen que se
mostraba al mundo como el ejemplo de la revolución socialista. Mi desempeño
anterior en la embajada en México, había llamado la atención al embajador en Cuba, de que yo era la persona idónea para atomizar esa relación tan difícil
que se avecinaba entre ambos países. Recuerdo las palabras de despedida de mi padre al borde del avión rumbo a La Habana “no te pido abstinencia, pero si prudencia”, las que retumbaron en mis oídos frente a lo que seria mi futuro.

Fueron tres años muy ricos en Cuba, de experiencias, vivencias, de contacto directo con una época muy especial de la política y la diplomacia internacional.
Conocí y pude convivir con la mayoría de los líderes africanos
independentistas. Compartí con Fidel, Kadafhi, Tito, Arafat, las preocupaciones del mundo no alineado y los devenires del nuevo orden económico internacional y confirmé, como estudioso de la política internacional, como la China de Mao se había alejado de la revolución cubana. Vi como la
lucha armada de El Salvador y Nicaragua triunfaban con el pleno respaldo del gobierno de Castro y como la Unión Soviética y sus países satélites exportaban a la isla sus teorías de las soberanías limitadas, la economía centralmente planificada y a sus técnicos agrícolas, mecánicos, todólogos y de manera especial, militares. Fui testigo de las luchas cubanas en Mozambique, Angola, Guinea; de los apoyos a Somalia para derrotar a Haile Selassi y de cómo mi colega peruano Gustavo Gutiérrez sacrificó su carrera diplomática abriendo las puertas de su embajada para dar asilo a más de 10 mil personas
(posteriormente llamados “los marielitos”) en uno de los sucesos más significativos de la historia cubana contemporánea.
Dialogué con Haydee Santamaría en su Casa de las Américas y disfruté de las pinceladas de René Portocarrero y de Ponce, ambos ya en su ancianidad.
Solía tomar el té de las cinco con Amalia Peláez en su caserón del Vedado y gocé de la amistad del historiador de la ciudad Eusebio Leal, con quien compartí la osadía de donarle, en plena crisis política entre nuestros países, un estandarte argentino para su famoso Salón de las Banderas en el histórico Palacio de Capitanes Generales, convertido en Museo de la Ciudad. Aprendí a conocerlo al verdadero Che Guevara de la mano de su padre, don Ernesto, con quienamenizaba, todas las semanas, y bajo la influencia de un whisky etiqueta roja, la historia de sus vidas y sus conflictos éticos sociales.

Cuando necesitaba un chisme o confirmar una información siempre acudía a Alfredo Muñoz Unsain, mejor conocido como Chango, corresponsal de France Press, que había acompañado, como cronista, al comandante Guevara en sus días en la función pública. Bebí mis mojitos en La Bodeguita y mis daiquiris en el Floridita, siguiendo los consejos de Hemingway; visité las noches caribeñas “for export” del Capri, Tropicana y el Nacional. Leí aquellos libros oficiales recomendados para estar en sintonía con el régimen, así como esos no tan oficiales que se leían en la clandestinidad. Asistí a las tertulias de Alejo Carpentier y discutía sobre los intelectuales con Nicolás Guillen, Fernández Retamar y Marinello.

Cuando todavía eran unos trovadores callejeros disfruté de Silvio y de Pablo y solía reservar un palco en el Teatro García Lorca para deleitarme con los
movimientos de baile de la eterna Alicia Alonso en su interpretación de Carmen. Escuché historias de oropel y de fantasías, de grandes propiedades de otrora y de ciertas cátedras que los ancianos pregonaban hacia los más jóvenes sobre las bondades de la Cuba prerrevolucionaria. Me crucé con ese personaje místico bautizado El Caballero de Paris (un vagabundo con estado de demencia que caminaba sin rumbo por las calles de La Habana) y permanentemente a mi mente llegaban los relatos de Tres Patines en sus andanzas por lo que fue la parte comercial de la Habana Vieja.

Conocí cada rincón de la Habana y de su gente, a pesar de los Comités de Defensa de la Revolución y de las siempre miradas sospechosas y vigilantes de Roberto Meléndez, ese Jefe de Ceremonial y Protocolo tan particular como enigmático de la cancillería cubana que conocía y sabía el movimiento cotidiano de cada miembro del cuerpo diplomático acreditado. (aconsejo a leer las páginas de Persona Non Grata de Jorge Edwars, primer Embajador de
Salvador Allende en Cuba y expulsado por el gobierno castristas). Sabía que cada paso mío era seguido al detalle y así lo podía confirmar periódicamente
cuando los funcionarios de la misión diplomática cubana en México le contaban con tono jocoso a mi padre, entones representante de las Naciones Unidas en ese país, qué había hecho su hijo ese día o el anterior etc. etc.

Recorrí la isla en salidas oficiales y otras no tantas, escapando el protocolo y de la obligación de informar a las autoridades locales sobre mi paradero. Pasé por las Villas, Camaguey, Trinidad, Mariel, San Antonio, Isla de Pinos y Oriente. Había que ver y aprender, sentir lo que pensaba la gente mas allá del discurso
oficial de turno. Tuve en Varadero mi reencuentro con la religión al decidir tomar una tarde de junio, solo y dentro de una iglesia vacía, mi primera comunión y oficiar como padrino de bautismo de un niño cubano de madre argentina que vino a intentar inscribirlo a la embajada para que algún día pudiese salir del país sin problema alguno. Me divertí mucho buscando micrófonos escondidos en la Nunciatura
Apostólica en donde, con mi par Pietro Zambi – posteriormente arzobispo, delegado del Papa en Washington y recientemente fallecido jugábamos a los detectives y a las películas de espionaje.

Me enamoré con la prudencia del caso. Uno nunca sabía si ese “eres el único en mi vida” era un mensaje del corazón o de la seguridad de Estado que permanentemente enviaba una pollera como prueba para medir el “comportamiento capitalista en una sociedad socialista” Soñé muchas veces teniendo como testigo un cielo estrellado qué me depararía el futuro y bajo ese mismo cielo una tarde de enero me despedí, sin pensar que nunca más la volvería a ver, de mi hermana Maria Sylvina que pasó conmigo una temporada antes que el destino le jugara una mala pasada en una calle de Florencia en Italia, precisamente un 7 de julio de 1978. No quiero dejar correr estos recuerdos sin mencionar a Pancho Molina Salas, mi maestro y forjador de la diplomacia. Hijo y nieto de embajadores, Pancho supo inculcarme el amor, la sabiduría y las formas de una carrera en donde, sobre todas las formas que la manejan, siempre se debe proteger ese “yo interior” que es el verdadero sentir de nuestro existir. Nunca el funcionario debe vencer a la persona, ni al ser humano y ese legado de Pancho, fallecido en 1982, en plenas negociaciones con Gran Bretaña por el conflicto Malvinas, sigue estando hoy más que presente en mi andar cotidiano por el mundo y en mi vida profesional.

Han pasado muchos años de aquellos días y hay pocas palabras que simplifiquen todo lo que he tenido, todo lo que he vivido y todo lo que he sentido. No he querido olvidarme de nadie. Fue un periodo inolvidable y muy querible hasta el punto que, años más tarde, cuando me tocó asumir las responsabilidades en las negociaciones por la deuda de Cuba con la Argentina las palabras de las autoridades cubanas fueron muy breves: -“Sabemos quien eres tú y sabes quienes somos nosotros, todo lo demás está dicho, así que empecemos a volar como las mariposas”-. Por eso una vez más parafraseo a Benedetti diciendo; vivir, después de todo/
no es tan fundamental/ lo importante es que alguien/ debidamente autorizado/
certifique probadamente/ que uno existe.

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