Opinión

LIBRE DE PRENSA

Iveth Serna

He volteado a mi derecha y a mi izquierda como ejercicio metodológico para comprobar la hipótesis; ambos lados están repletos de infames voltarianos vociferando sociedades de prensa libre.

Todo este ruido me hace concluir que debiéramos aprovechar la ocasión para construir, de una vez, como soñaba Kraus, sociedades libres de prensa, al menos, hasta que los opresores del pensamiento independiente desvinculen a la masa de tópicos gramaticalmente sin sentido, pero política y económicamente convenientes.

La prensa, explicada en la Declaración de Windhoek, como motor del desarrollo económico y democrático, se resume a una suerte de fuerza invisible del libre mercado y esclavismo de pensamiento, el sujeto se sujeta a la voluntad del poder con el lazo de la voz de unos periodistas habilidosos en explicar una idea que no tienen, pero que creen verdad.

Quizá sea la miopía de la inmediatez la que los lleva a cometer este crimen, quiero pensar, involuntario. El periodista decimonónico que escribía cuando tenía algo que decir, o los modernos que solo estaban obligados a decir algo cada día, lejos están del periodista #post-moderno que cae en el engaño de las plataformas digitales de publicación de contenidos (mal llamadas “redes sociales”) que confunde inmediatez con exclusiva, propaganda con libertad de expresión y un gran “chacoteo” con acontecimiento relevante.

El valor del periodismo es el tamiz del silencio. Solo en ese silencio se puede realizar un ejercicio de pensamiento distante y reflexivo que derive en una escritura responsable con la verdadera libertad de prensa (que no de mercado), de expresión (que no de propaganda) y, sobre todo, con la libertad de pensamiento del ciudadano (que no seguidores, mucho menos fans).

Eyectar mediaciones irresponsables a una masa cuya recursividad es deliberadamente limitada por un sistema productivo en el que el tecnicismo erradica la habilidad lingüística, es tan perverso como disparar un cañón a una cuna.

Derrumbemos mitos; los medios no educan, no entretienen, no informan. Los medios, como herramienta del sistema mercante o propagandístico, sujetan, moldean, enajenan. Nos arrojan las palabras con las que nos debemos conducir en el mundo que han construido y mediado a conveniencia de los grandes intereses.

Los periodistas, desde el ego, se subordinan a las categorías lingüísticas impuestas desde las voces de poder mientras, paradójicamente, exigen libertad de prensa y de expresión, pero ¿a qué tipo de libertad aspira el esclavo que liberado de las cadenas sigue llamando “patrón” a su opresor?

Una sociedad verdaderamente democrática antes de impulsar las libertades de prensa o de expresión, debe fomentar la libertad de pensamiento, dotar a la sociedad de los códigos, categorías, experiencias y subsistemas lingüísticos que le den las herramientas necesarias para enfrentarse a la vorágine mediática.

Mientras ocurre la utopía, los periodistas comprometidos con su texto deben saber que no basta con eliminar los adjetivos, es fundamental elegir cada palabra sintiéndose responsables de proteger la dignidad del ciudadano y, con ello, la suya propia.

Estar libre de prensa también es un derecho, sobre todo de la mala prensa, cuyo lacayismo está por debajo del soldado raso que por lo menos tiene la disciplina y la voluntad para guardar silencio.

Voltaire jamás comprometió su vida por defender el derecho al dicho del otro, lo que hizo fue algo menos pedante pero más valioso; tomar partido contra los “hombres absurdos” que dan importancia a “verdades triviales”.

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