Opinión

LA CONFIANZA: PRESENCIAS Y AUSENCIAS

Jorge Enrique González Castillo

Para un hombre llamado Benito

Es la confianza el mayor aglutinante de las relaciones humanas. Empieza por la que se tiene uno mismo y sigue con la que se dispensa a la familia, a los vecinos, a los amigos, a los asociados, a los integrantes del entorno laboral, a los actores económicos, a los comerciantes, a los restauranteros, a los médicos, a los gobernantes y a la sociedad en su conjunto.

Cuando se fractura o desaparece la confianza, hay costos incalculables: minusvalía paralizante, rupturas amorosas, disolución de alianzas, caída de bolsas de valores con sus efectos dominó en todos los campos de la economía y apatía social.

Por desgracia, la confianza no goza de buena salud. Pareciera que su sistemática negación casi planetaria mantiene a las naciones, los pueblos y ciudades en una pobreza extrema en materia de capital social, cuyo componente social es precisamente la confianza.

La confianza se asocia con ingenuidad y la desconfianza con agudeza intelectual y capacidad crítica, autonomía y fortaleza.

Algo tenemos que hacer para regresar el prestigio a la confianza y a quienes la practican. Porque sólo la confianza genera reciprocidad, trabajo coordinado y generación de riqueza, calidad de vida, bienestar y felicidad.

Podemos someter a la devaluada confianza a un ejercicio sistemático, para regresarle su vigor. Con la disciplina de un gimnasio.

Podemos empezar hoy. Dándole nuestra confianza al nuevo secretario de Seguridad Pública. Del éxito de su trabajo depende nuestra integridad física y la disminución del miedo, el terror y el dolor de familias enteras.

Además del armamento, estrategia y prevención, un servidor público de seguridad necesita tres fuentes de confianza: la de su superior jerárquico, la de sus colaboradores y la de los habitantes del territorio cuyo cuidado le ha sido encomendado. Tiene la primera (la del gobernador), debe ganar la de su equipo (sus agentes) y cada uno de los destinatarios de su labor (nosotros) debemos dársela ya, por propia conveniencia.

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