Opinión

HACIA LA CONSTRUCCIÓN DE UNA MANERA CONTEMPORÁNEA DE SITUARSE FRENTE A LA REALIDAD

José Luis Flores Torres

Comunicar es el acto que tiene como principal objetivo poner algo en común. Es aquella acción o acciones tendientes, ante todo, a establecer contactos e intercambiar mensajes los cuales se socializan y en el mejor de los casos, por lo menos dos personas estarán en condiciones de establecer un diálogo pleno. En tal sentido la comunicación tendría que entenderse como una posibilidad, es decir como la constitución de una acción enunciativa capaz de generar otras acciones (provenientes de un consenso) que incidan positivamente en el conocimiento del entorno y a la satisfacción de la gente con su vida.
Por esto vale la pena centrar la atención en las capacidades de quienes estarían ocupados justamente en llevar a cabo las acciones para informar a la ciudadanía en México. Así al cabo de casi dos años de la llegada al poder de una nueva administración, nuestro país parece situarse frente una realidad difícil de ser aprehendida por lo inédito de los acontecimientos que se suceden y por el contexto en el que se ubican.
Por tal motivo, huelga señalar la enorme responsabilidad que debe suponer el describir y analizar tal realidad desde distintos órdenes y con las más diversas miradas. Y es que dadas las circunstancias parece obligado que quienes informan forjen una perspectiva contemporánea de situarse frente a los acontecimientos en el sentido en el que lo explica Giorgio Agamben, cuando señala la necesidad del poeta contemporáneo de tener fija la mirada en su tiempo, para percibir no las luces, sino la oscuridad.
Tal capacidad de percepción, hoy en día, no estaría exclusivamente en manos de filósofos y poetas, sino además en intelectuales y periodistas quienes postrados ante los acontecimientos tendrían que ser capaces de no dejarse enceguecer ya sea por el brillo de los hechos o por una lectura incorrecta de la realidad.
Pero, siguiendo a Agamben, aquí la pregunta sería cómo hemos llegado a la situación en la que nos encontramos. Tal dilema implicaría reconocer que nos hallamos situados en medio del agotamiento de un conjunto de narrativas y metanarrativas que durante décadas construyeron una perspectiva de la realidad y una particular versión de la historia que dieron sentido al proyecto de país emanado de las élites revolucionarias. O bien, en un sentido althusseriano el discurso predominante durante este lapso fue pura ideología centrada en asegurar la reproducción de las relaciones de producción.
Así, la contienda electoral de 2018, pareció ser la manifestación popular de rechazo ante tal régimen político y ante el discurso que le dio sentido. No obstante, resulta en exceso optimista decretar la muerte de tales prácticas discursivas. Y es que a dos años del cambio de régimen, el país parece situarse en un interregno en donde aparece obstinadamente presente una narrativa autoritaria que por momentos parece más viva que nunca y un nuevo discurso plagado (en el mejor de los casos) de buenas intenciones pero llena de contradicciones.
En tal escenario la pregunta sería: ¿En estos momentos quién resulta más peligroso para la ciudadanía?
• El grupo de intelectuales y periodistas acostumbrados a la lógica de las diversas y cada vez más sofisticadas formas de alquilar su conciencia.
• O bien el grupo de intelectuales y periodistas que piensan que su deber es apoyar incondicionales las acciones de la 4T, y que ante esto son deslumbrados y cegados por la luz de la nueva realidad y por eso mismo son incapaces de percibir la tiniebla proveniente de su tiempo.
Siguiendo a Agamben, ambos entornos parecen alejados de una perspectiva contemporánea de situarse frente a los acontecimientos. Es decir parece que en realidad estamos frente a dos bandos incapaces de percibir la oscuridad de los tiempos actuales como algo que les concierne (y que nos impacta a todos) y que por ello no deja de interpelarlo. Ambos grupos en cambio parecen estar tan comprometidos que se hallan incapaces de distinguir los retos de nuestro tiempo para saber estar a la altura de las exigencias.
Si entendemos el poder desde la perspectiva de Foucault debemos considerarlo como un juego de relaciones en la sociedad que no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento del discurso. Por ello resultaría lógico e incluso deseable que la administración de AMLO genere sus propios acontecimientos discursivos, sus propios símbolos e incluso empiece a forjar su propia versión de la historia.

Tales actos no obstante tendrían que estarse construyendo partiendo de una narrativa ética, planificada, clara y con la voluntad de la verdad encabezando los esfuerzos comunicativos.

Texto publicado originalmente en Comunicación para el Bienestar. El autor es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Xochimilco, Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana y Doctorante en Investigación de la Comunicación por la Universidad Anáhuac México. Académico en la Facultad de Comunicación en la Universidad Anáhuac México.

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