Opinión

¿ESTAMOS PODRIDOS?

Gustavo Ferrari Wolfenson

Cuando en su alegato ante la justicia le preguntaron al doctor Barreda por qué había asesinado a su esposa, suegra e hijas, éste simplemente respondió: “me tenían podrido”.

Cuando en agosto y octubre próximo los argentinos volvamos a ejercer el cívico derecho adquirido de votar, seguramente las palabras de Barreda serán proféticas “nos tiene podridos”.

En 36 años de vida democrática, de una Argentina enferma de amnesia volveremos a votar, una vez más, por aquellos quienes nos tienen menos podridos o simplemente por aquellos que nos permitan repetir todos los fracasos y frustraciones de una dirigencia o país que sigue pensando en la nostalgia del haber sido y el dolor del ya no ser.

La historia es testigo de mis palabras. Somos un país que votó a aquel Perón del 45 y lo sacó 10 años después; que no iba a tener ni vencedores ni vencidos, que apostó al desarrollismo y a pasar el invierno y luego echó a su presidente porque le había ofrecido un sándwich de milanesa al doctor Ernesto Guevara de la Serna. Un país que fue testigo y partícipe de un conflicto de poder entre azules y colorados, sin saber qué pretendía cada fracción y que al cabo del tiempo, sepultó bajo el apodo de tortuga al hombre más honesto y justo que tuvo. Aquella Argentina que se hizo confesional y mística con Onganía, que desafío que al viejo ya no le daba el cuero para volver y luego lo eligió por tercera vez presidente, restituyéndole todos los honores políticos y militares que ella misma le había quitado.

Un país que se debatió entre un tío y un brujo, entremezclados ante una “juventud maravillosa”, convertida años después en un grupo de “muchachos estúpidos e imberbes.” Una Argentina que volvió a golpear los cuarteles, que festejó junto a Videla, Masera y Agosti los goles del Mundial 78 y que ni pestañeó, al contrario, festejó cuando un borracho iluminado dijo que las urnas estaban bien guardadas y mandó al sacrificio a una generación de jóvenes para que le salvaran los ideales de una patria que jamás supieron defender.

Y llegó don Raúl, con su rezo laico que alimentaba, educaba y curaba a una democracia incipiente que quería renacer desde el mismo origen de la Constitución sus valores republicanos. Le siguió Carlos Saúl, De la Rúa, el Adolfo, Duhalde, EL, ELLA y Mauricio. Pasaron por las cuentas públicas ortodoxos, liberales, marxistas y keynesianos, devaluaciones, convertibilidad y el San Dólar siguió siendo la única moneda de cambio a pesar de aquella frase irónica de quién había visto alguna vez un verde. En estos años nos abrazamos con Bush padre e hijo, Evo, Chávez, Putin y Trump. El “Dios es argentino” nos hizo justicia y su vocero nos habla desde Roma con acento porteño.

Han pasado 36 años y siguen los gordos llenándose los bolsillos a nombre de los trabajadores y hablando de pobrezas desde sus confortables lujos proletarios. Una mujer de 93 años sigue siendo la fiscal de lo bueno y lo malo y un influencer que gritaba el número de corner en las canchas de fútbol, se comió el poder de raciocinio de una sociedad cada vez más mediática y farandulera.

La Argentina del «no se puede vivir» a la de «no nos toquen Miami» sigue más vigente y preocupante. Nadie se acuerda, todos se olvidan, todos buscan un cambio para convertirse en más de lo mismo. El país del doctor Barreda, del “me tienen podrido”, votará en los próximos días a esos que precisamente han hecho todo lo posible para que esa podredumbre subsista.

Créase o no, pero la realidad mágica, no fue un movimiento literario profundizado por García Márquez, es la definición perfecta de un país escrito por sus mismos protagonistas que siguen esperando que Messi los lleve a ganar lo que ellos aún no han sabido conquistar.

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