Opinión

El voto “anti”

Rafael G. Vargas Pasaye

¿Qué significa ser antisistema o antigobierno? De entrada, que se está en contra o al menos que no se está de acuerdo con las reglas actuales, o con quienes las ejecutan. Razones hay varias: desgaste natural, esperanza de algo diferente, líder emergente que llama la atención, desilusión con la clase gobernante de esa etapa.

Pero también debe dejarse un espacio para las posibilidades que no rayan precisamente en la razón sino que son más bien emotivas. Así de esa forma, se puede estar en contra de un gobierno por una moda, es más, si no adopta esa postura probablemente quede fuera del círculo afectivo al cual se desea pertenecer o que ya se pertenece y corre el riesgo de quedar fuera.

El voto “anti” tiene sus peculiaridades, tan es cierto que el impulso para ejecutar una acción puede venir de la esperanza como que también su fuente sea un malestar, y algunos resultados electorales recientes tienen tintes de que es en mayor medida por el grado de enojo que de satisfacción o esperanza por el que se están guiando. Esto es, tiene mayor peso el “pierde el que no quiero que gane”, y no ya, el “gana el que quiero que gane”.

Paréntesis merecen el voto por la persona, o sea por el candidato que sin importar el partido, o en el caso de los independientes, son valorados por la ciudadanía y en ocasiones ganan sus elecciones. Allí existe esa excepción a la regla que sorprende o rompe.

También puede entenderse el voto “anti” como el cierre de un ciclo que una sociedad expresa. Ejemplo, toda la vida gana un mismo partido, incluso los habitantes están contentos con el desempeño, ya sea del gobierno o de su gobernante, pero desean experimentar algo diferente, sin importar si es riesgoso o incluso un retroceso, simplemente desean algo distinto.

Los antisistema tienen su fortaleza en la crítica abierta al sistema mismo, sin embargo parece que su ciclo de vida concluiría si la opción que ven como diferente accediera al poder, pues allí se volvería lo que se supone aborrece, o sea y de nuevo, sistema. La frase tan repetida: no es lo mismo ser oposición que gobierno, pero ahora en los hechos cobraría el peso justo, con una diferencia sustantiva, que esa nueva clase gobernante, al menos, sabe lo que piensan los antisistema, pues quizá en algún momento, también ellos lo fueron.

En esta nueva realidad debemos preguntarnos también: ¿Quién sale ganando con todo esto?, es por demás obvio que muchos de estos grupos antisistema son patrocinados por una fuerza que le conviene que el gobierno en turno tenga estos y más problemas. El desgaste de unos siempre será benéfico para otros.

Como señala Isidoro Cheresky en su libro El nuevo rostro de la democracia: “Desde las últimas décadas del siglo XX, en la vida cívica se ha registrado un cambio consistente en una acentuada desinstitucionalización y un debilitamiento de las identificaciones públicas en las que los ciudadanos se sentían representados. Los individuos no se reconocen predominantemente, como antaño, en identidades inmutables ni en organizaciones que los encuadren, y las numerosas instancias colectivas que surgen están signadas por vínculos distintos, efímeros y lejanos de la pertenencia tradicional”.

Esto es, los sistemas actuales viven una nueva dinámica sobre todo en la relación de gobierno con ciudadanos, y esa fragmentación de paradigma conlleva novedosas estructuras, liderazgos emergentes, espacios diferentes a los de antaño. Un mosaico de posibilidades en un ajuste natural del comportamiento de individuos. La clave está en cómo lo lleva cada clase gobernante y cada grupo de gobernados.

Sobre el Autor

Paco Mondragón

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