Opinión

EL “34” SE VA PARA QUEDARSE

Rafael G. Vargas Pasaye

La máxima gloria del béisbol mexicano tiene su día: el 6 de julio será el día de Fernando Valenzuela, y no es para menos, la Fernandomanía que se desató en Los Ángeles, California y en otras partes de los Estados Unidos y México son su mejor carta de presentación.

Las cifras sólo reiteran lo señalado: novato del año y campeón de la Serie Mundial en 1981, seis juegos de estrellas, dos bats de plata, un guante de oro, 17 campañas en las grandes ligas con 173 juegos ganados.

El número 34 se retira de todos los equipos de béisbol en México, pero sigue y seguirá en nuestra memoria, como si escucháramos la narración del gran Jorge “Sonny” Alarcón, cuando mira al llamado “Toro” de Etchohuaquila, en el estado de Sonora y dice que “Nadie está quieto cuando se encuentra al centro del diamante” justo ese 23 de octubre de 1981 luego de lanzar toda la ruta, y llegar a esa novena entrada cuando ganó su primer partido de Serie Mundial a los 20 años de edad.

Ante 56 mil espectadores en el estadio de los Dodgers, con millones siguiéndolos en televisión y radio, más otros tantos millones testigos tardíos ahora por internet, el mexicano que fue contratado con 45 mil dólares para ser relevista del equipo de Los Ángeles que enfrentaba para lograr el out 27 en un cerrado marcador donde solamente iban por una carrera arriba, al mismísimo Lou Piniella con el número 14 en el dorso en ese uniforme de los bombarderos del Bronx.

La cuenta iba en dos bolas y un strike, la gente gritando cuando vino el foul para poner los números en dos y dos, la mítica imagen de “El Toro” secándose el sudor, todo el estadio de pie, los cronistas tenían que ver el monitor porque ya no había visibilidad hacia el campo.

Se impulsa el zurdo y con una bola baja logró el ponche, pelota que solo salió más rápida que el coach TommyLasorda, quien en un abrazo reflejaba el gusto por la victoria de sus Dodgers y su pitcher mexicano. Y así, 149 pichadas después ponchaba al cuarto bat de los Yankees.

Pedro “el Mago” Septien en pleno grito dejó para la historia estas palabras: “Bravo por ti Fernando, eres en el béisbol oro, mezquita, basílica y cactus, suena esto a mariachi, a jarabe a copal y a aceras, eres un jugador que tiene el cincel en la mano y la luz en el alma, nunca olvidaremos esto”.

El experimentado cronista tenía razón, nunca se olvidaría, comenzaba la leyenda, el mito, el gran Fernando y la Fernandomanía, que naciera en julio de 1979 con Corito Barona, aunque quien se llevó los reflectores al final fue Mike Brito detectando al talentoso mexicano.

La carrera de Fernando pasó por los Mayos de Navojoa, luego en 1978 fue enviado a los Tuzos de Guanajuato, filial de Ángeles de Puebla, a los 16 años, para debutar en 1979 con los Leones de Yucatán donde ganaba de 6 a 7 mil pesos de los que perdieron los tres ceros.

Pero antes del inicio digamos hubo un capítulo cero en su carrera, su nombre apareció en la papeleta de la Liga Invernal del Noroeste en la temporada 1977-78, fue en el “Gilberto Flores Muñoz”, un duelo el 20 de octubre de 1977 entre Cafeteros de Tepic y Pureros de Compostela. El resultado recuerda Luis Manuel Rivera “lo ganaron los Pureros, catorce carreras a cinco, en el cual el pitcher ganador fue Rolando Menéndez Fernández de El Jicaro, Veracruz y el derrotado Eleazar Moreno”.

Alguno recuerda que esos días en la capital nayarita, Fernando vivía en el modesto Hotel Altamirano, desde donde caminaba por la calle Mina hasta la Alameda para de allí subir a la Insurgentes y llegar al estadio (ahora desaparecido). Todo el tramo a pie, sin los lujos que a los pocos años gozaría.

Valenzuela Anguamea se casó con Linda Margarita Burgos en 1981, con quien tiene cuatro hijos. Fernando hizo en Estados Unidos lo que pocos, ser un líder y un símbolo de resistencia, cuando más se necesitaba un héroe, desde la lomita del diamante saltó la figura regordeta de un Toro, la comunidad latina de Los Ángeles y de todo el territorio americano se rendía a sus pies.

Las giras eran exitosas por el equipo y por su símbolo, el pitcher que lanzó un juego perfecto sin hit ni carrera contra Cardenales de San Luis, y pese a todo el éxito en 1991 fue despedido de los Dodgers. Se retiró en 1997 luego de portar otros uniformes, y de llevar al olimpo de lo inolvidable su screw ball, su lanzamiento estelar.

Fernando Valenzuela en una entrevista dijo: “el pitcher pone la bola en juego para que el juego inicie”, en su caso inició una revolución interesante que lo llevo a estar hasta en las cajas de cereales. La Fernandomanía nació y cubrió con ese sentimiento de nacionalidad en el sur de Estados Unidos y recorrió cada estadio de las grandes ligas.

En los ocho estadios donde hubo actividad este sábado 6 de julio, todos los peloteros portaron el 34. Y prácticamente todas las escuadras en sus redes sociales rindieron tributo al lanzador mexicano.

El retiro del número 34 es un justo homenaje a la leyenda, es un reconocimiento al ser humano y es un pretexto para celebrar el béisbol, que de vez en cuando genera héroes que rebasan la barrera del tiempo y del espacio, y nos hacen sentir inmortales como ellos.

@rvargaspasaye

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