Opinión

COMUNICACIÓN BÁSICA PARA INTELECTUALES INCIPIENTES

Iveth Serna

¿Son los intelectuales un grupo social autónomo e independiente, o bien tiene cada grupo social su categoría propia especializada de intelectuales? Con este cuestionamiento inicia Antonio Gramsci su disertación sobre la formación de los intelectuales y que resulta apropiada para abordar la confrontación epistolar de la que fuimos testigos la semana anterior.

Desde la postura marxista de Gramsci, los intelectuales no pueden ser independientes pues su origen “orgánico” tiene las raíces clavadas en el grupo social que los origina, por lo tanto, también cumplen una función económica, política y social determinada y determinante por y para su estructura.

Los intelectuales se convierten entonces, en los aristócratas del Estado y curioso resulta que Friedrich A. Hayek, desde el liberalismo más puro y duro, también asegurara que la independencia intelectual es una utopía de aquellos que, con “soberbia y arrogancia”, olvidan que la función de la “élite del conocimiento” es ser la fuerza legitimadora de su propia clase.

Usando el referente conceptual de Gramsci, y en el que Hayek también coincide, el intelectual “más vulgarizado es el literato, el filósofo, el artista”, que es el grupo desde donde “surgen” las nuevas ideas y conceptos sobre los que descansará la clase dominante en turno y que será mediado a la masa por los intelectuales de segundo nivel; los periodistas, que, como nos creemos literatos, filósofos y artistas, caemos en la trampa de pensar que somos los “verdaderos intelectuales”, pero que no hacemos más que mediar e interpretar la realidad presentada bajo los marcos referenciales del primer grupo y estandarizarlo para que la masa lo pueda comprender.

Esta guerra de egos es que lo que Paul Lazarsfeld, desde la teoría de la comunicación recoge como “comunicación en dos pasos”, mediante la cual, los medios de comunicación lanzan a la sociedad de masas un mensaje legitimado por un experto, un intelectual, un académico, un iluminado o alguna otra “fuente confiable”, mensaje que recoge y reproduce, sin ejercicio crítico, cualquier ciudadano medianamente especializado: maestro, abogado, médico, clérigo, padre de familia, influencers, etc., “cuya opinión” es valiosa para un determinado grupo social.

La eficacia de este sistema se mide en qué tanto la “gente de a pie” seguimos inmersos en nuestras labores de producción, mientras “dependemos de aquellos cuyo trabajo es mantenernos al corriente de lo que debemos pensar”, de lo que hay que hablar y de lo que es necesario callar.

El punto en el que confluyen las tres teorías es que no se necesita ser siquiera medianamente inteligente para producir o intermediar ideas, basta con que se cumpla la labor de genera un clima de opinión que permite a la sociedad civil (capitales) y a la sociedad política (partidos, actores políticos y Estado) ampliar sus márgenes de discurso y así, pasar del trabajo de las ideas al trabajo político y económico, “nada hay fuera del texto”, afirma Jacques Derrida.

Ningún miembro de la sociedad civil o política dice algo cuyo marco referencial no ha sido insertado previamente a la masa, no hay ocurrencias, por eso, descalificar al gobierno, a la oposición o a los capitales desde ese argumento, es un análisis superficial y desprovisto del trabajo medianamente crítico que se espera de esas “élites”.

Pero la gestión de la opinión púbica no se limita a la ampliación discursiva, según Gramsci, el intelectual, sobre todo el que está al servicio del gobierno en turno, primero, debe legitimar, mediante el consentimiento de masas, las políticas públicas establecidas o que se pretenden implementar y, segundo, ejercer coerción sobre aquellos que no están de acuerdo con las disposiciones estatales.

Yo me atrevo a aumentar la reflexión de Gramsci e incluir, entre las funciones del intelectual orgánico, la de “disciplinar” al disidente, porque no hay nada más peligroso para el “espíritu de cuerpo” que el considerado traidor.

A mi querida opinión pública les digo que, ante cualquier mensaje que llegue a nosotros, hay que tener tan presente como las oraciones, la idea de que el político es un cazador de votos, el Estado es legítimo dueño de la administración de la violencia y el empresario un acumulador de capitales. Todo mensaje lleva una intención. Lasswell cuestionaba ¿Quién dice qué? ¿Con qué intención?

A mis queridos intelectuales les digo que hay que comenzar con definirse, salir del clóset eufemístico y asumirse como seguidor de una determinada corriente filosófica, no basta decir ser de derecha o de izquierda; Stalin fue de izquierda y Pinochet de derecha, no hay garantías, pero hay que asumirse en un marco teórico para interpretar el mundo y desde ahí, salir al verdadero debate, donde las ideas puedan ser defendidas y refutadas desde categorías y conceptos precisos. Basta de vaguedades.

A mi querido Estado, a sus políticos y a los de oposición, les recuerdo que, como dice Heidegger, el lenguaje es la casa del ser, de ahí que hay que cuidar las palabras, porque cada concepto, verbo o adjetivo lanzado al viento genera realidad, puede construir nuestro sueño más hermoso o hacer realidad la peor de nuestras pesadillas.

A mi querida sociedad civil, les digo que reconozco y respeto su libertad de mercado porque es necesario, pero que las desviaciones corruptas y abusivas generan resentimiento violento, ahí lo oscuro de la hibridación del político-empresario o del empresario-político, hay que cuidar las formas.

Estoy segura de que ni los intelectuales, ni el Estado, ni la opinión pública, ni la sociedad civil, pueden negarse a la escucha activa ni a la invitación al diálogo, porque, en última instancia, todos tenemos por fin último el bienestar de las personas. Bienestar que solo podemos lograr si construimos consensos.

La batalla que México debe librar no es a punta de cartas, tuitazos, periodicazos, balazos o abrazos, la batalla la debemos dar bien arremangados para el trabajo duro y de las cejas para arriba con el pensamiento crítico, lograr la utopía de intelectuales autónomos, metodológicamente rigurosos y altamente comprometidos, que vivan por el ideal del bienestar y no por intereses endógamos.

Porque, de nuevo parafraseando a Gramsci, ¿Qué podría justificar a aquellos que explotan su posición, cualquiera que sea, para “conseguir diezmos ingentes de la renta nacional?

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