Opinión

CAOS, TIEMPO DE…

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María Esther González Aguilar

Publio Ovidio Nasón, en “Las metamorfosis” describió al caos como una masa cruda y desordenada. En la literatura cosmogónica griega, es aquello que existió antes de los dioses, en la génesis del cosmos. La Real Academia Española, lo define como confusión, desorden; como un estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos y como un comportamiento errático e impredecible.
Lo que experimentamos es un periodo caótico, exacerbado en sentimientos y emociones no deseadas, no previstas, menos imaginadas como individuos, familia, colectivos o comunidad, si acaso la visualizamos como parte de un guion para una catastrófica película o exitosa serie televisiva donde por lo general existe un final feliz.
En tanto se presenta el tan esperado final feliz, este periodo provoca situaciones contradictorias: de incertidumbre, pero también de oportunidad para un cambio real, verdadero; de desesperanza, pero con la confianza de lo que viene será mejor; de crisis económica, pero también de que habrá una recuperación y vendrán tiempos mejores. Los retos son superar, reinventarse, reeducarse, readaptarse para una nueva cultura, otras y nuevas costumbres o hábitos, reforzados los valores, siempre con felicidad, paz y tranquilidad tomando la ruta hacia la búsqueda del sentido último como lo escribió el psiquiatra austriaco Viktor Frankl.
Se cumplieron dos meses del inicio de “Sana Distancia”, iniciativa basada en el distanciamiento social y una serie de medidas para la contención de la pandemia de Covid-19, todos estos días se experimentan situaciones peligrosamente extremas para la salud mental de personas y sociedad, con sentimientos que incluyen impotencia, frustración, desesperación, temor, coraje con fuerte carga emocional que puede afectar la psique, la fuerza vital del ser humano.
Agotador y desgastante resulta lo cotidiano; vivir en entornos desfavorables, de agresión, maltrato, el no tener un empleo o ingreso, bajo salario, no poder cumplir o pagar compromisos, tener un ser querido enfermo; obligado a cerrar un negocio o declararse en quiebra, etcétera, lo que se vive es tema de la salud mental y obliga tener políticas públicas.
Recorro media ciudad para llegar a mi centro de trabajo, durante el trayecto, son cuando menos diez cruceros donde invariablemente tengo que esperar el siga del semáforo. En los lugares se concentran lo mismo músicos, que limpiaparabrisas, improvisados malabaristas, jóvenes bailando, mimos, personas en situación de calle, de origen étnico y todo tipo de vendedores. Con frecuencia en el crucero coinciden todos a la vez y solicitan apoyo, de ambos sexos y todas las edades, muchos se molestan cuando no reciben lo solicitado. Frustrante y castrante es querer y no tener para apoyarlos.
De regreso, cuando abro la puerta de casa, emerge una sensación de cansancio y agotamiento, no físico sino mental, aún más desgastante que puede afectar la psique de cualquiera. A mis responsabilidades, compromisos o preocupaciones le sumo la gran carga emocional que representa ver tantos ciudadanos en situación difícil y entonces me aferro a mi fortaleza, templanza y prudencia para no contaminar a mis seres queridos. ¡Y esto es todos los días! ¡Es cuanto!

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