Opinión

A LOS 11 AÑOS JAMÁS SOSPECHARÍAS QUE UN AUTOGOL PUEDE TERMINAR CON LA VIDA DE UN JUGADOR DE FÚTBOL

Esteban Jaramillo

Tenía tan solo 11 años cuando sucedió lo que, para esa generación, fue uno de los sucesos más tristes que dejó la violencia de los 90 en Colombia. Recuerdo que mi hermano me despertó muy alterado esa mañana: “¡Esteban levántate! En las noticias están diciendo que mataron a Andrés Escobar. Esos hijueputas nos mataron a Andrés”.

En casa quedamos impactados con su muerte. Andrés era ídolo de todos los que profesábamos un amor profundo por Atlético Nacional, y a esa edad, particularmente a esa edad, todavía creía que en cualquier momento me iban a decir, “esa persona que admiras, se repuso de sus heridas para seguir alegrándote la vida”.

Le llamábamos el Caballero del Fútbol por su carácter dentro y fuera de la cancha. ¡Qué gran persona era Andrés Escobar! Todavía le dedicamos cánticos cuando el verde juega en el estadio Atanasio Girardot. Ese lugar sigue siendo su casa, y creo que así será mientras exista la hinchada verdolaga. Él es nuestro Eterno 2.

Mi país ha sufrido mucho por causa de la guerra y el narcotráfico. Sin embargo, nuestra selección siempre nos ha alegrado como colombianos. Sin importar que tragedia anteceda a un partido de Colombia, esos 90 minutos se sienten como un bálsamo para el alma colectiva del país.

¿Te podés imaginar entonces cómo vivimos el 5 a 0 con Argentina? Por un momento ya no éramos la Colombia de Pablo Escobar, sino la de once guerreros que batallaron hasta el cansancio para doblegar cinco veces al campeón del mundo. Todavía lo veo como la metáfora de un pueblo que se resiste a hundirse en sus miserias. Es poesía pura.

Con ese sentimiento esperamos el debut de la tricolor en Mundial USA 94. Mi madre me compró todos los muñecos de la selección Colombia. Por primera vez éramos noticia por algo que no fuera ilegal. El astro del fútbol, Pelé nos daba por favoritos para ganar ese mundial. Lo que no sabíamos es que detrás de ese favoritismo se estaba sirviendo un cóctel que resultaría tóxico hasta la muerte: el orgullo patrio inflado de confianza por su selección, y la mafia apostando grandes sumas de dinero. Después de la derrota ante Rumania (3-1) vinieron las amenazas: “Con Estados Unidos no se puede perder”.

Mi hermano consiguió un televisor el doble de grande para ver el encuentro; yo no solté los muñecos de la selección durante todo el partido. Y entonces vino el autogol de Andrés. Aunque no entendía lo que pasaba, las caras de todos en la sala vaticinaban lo peor. A los 11 años jamás sospecharías que un autogol puede terminar con la vida de un jugador de fútbol.

USA 94 fue el mundial que nos cobró con intereses la tragedia de ser favoritos. Recordar a Andrés Escobar es recordar una Colombia muy dolorosa. Pero como él mismo dijo en una entrevista días antes de su muerte: “Hasta pronto, porque la vida no termina aquí”.

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